Por Rafael Juan y Seva (Finletic) /
Guía para el inversor que comienza
Por Rafael Juan y Seva

Uno de los errores más extendidos es que invertir únicamente está reservado para unos pocos con mucho dinero. Por esa razón, muchos terminan desistiendo y resignándose a empobrecerse poco a poco al perder poder adquisitivo por el efecto de la inflación. Ahorrar es necesario, pero no suficiente. 

El ahorro es renunciar en el presente a una cantidad de dinero, para poder disponer de ella en un futuro. Por ejemplo, una “hucha” o una cuenta corriente. El dinero se guarda, pero no crece. Invertir, implica destinar ese dinero ahorrado a la compra de activos, con el objetivo de obtener una rentabilidad a futuro, en muchos casos incierta, que compensará no consumir en el presente.

Por ejemplo, imagina que disponemos de un ahorro de 100 unidades. Si no se invierte, asumiendo que cada año haya un 2% de inflación, el año que viene, esas 100 unidades, solo podrán comprar lo equivalente a 98 unidades. Es decir, aun manteniendo las 100 unidades, con el paso del tiempo, el poder de compra irá disminuyendo. La única alternativa, para no empobrecerse con el tiempo, es invertir el dinero ahorrado.

Principios generales de la inversión

Invertir, en última instancia, es gestionar riesgos. A continuación, se detallan algunos aspectos que ningún inversor debe olvidar:

Es importante diversificar (países, sectores, clases de activos, divisas, etc.). Ya lo decía Cervantes en el Quijote, “no pongas todos los huevos en el mismo cesto”. La manera de protegerse, ante riesgos de pérdida permanente de dinero es repartir las inversiones de manera poco correlacionada.

Hay que priorizar la gestión de riesgos frente a la potencial rentabilidad. En ocasiones, al querer maximizar la rentabilidad, podemos caer en riesgos no previstos y perder una parte significativa de nuestra inversión. Cuando se invierte, existen dos tipos de riesgos estructurales: primero, que se nos pase una gran inversión, y segundo, hacer una mala inversión, que nos pueda hacer perder todo nuestro dinero. Hay que evitar la segunda.

Al comenzar a invertir, es recomendable que la mayor parte de las inversiones sean líquidas, para tener margen de maniobra si necesitamos tesorería, ante eventos no planificados.

Reflexionar sobre los objetivos a satisfacer

El patrimonio es un medio para alcanzar un fin, por tanto, debe estar al servicio de los objetivos del inversor, y no a la inversa. Es mucho más importante saber que se quiere conseguir, que buscar un conjunto de “buenas” inversiones para ganar mucho. Cuando se puede ganar mucho, se puede perder mucho. Por tanto, no siempre maximizar la rentabilidad es el único objetivo que debemos conseguir.

Es fundamental comenzar reflexionando sobre los objetivos y las necesidades a satisfacer, pues los inversores pueden tener multitud de objetivos: comprar vivienda, imprevistos, pagar universidad, jubilación, filantropía, etc. En función de los objetivos a satisfacer, habrá que definir objetivos concretos en cada caso. Esto ayudará a descomponer un “problema grande” (nuestra vida) en pequeños “problemas” más sencillos (objetivos concretos).

Traducir los objetivos a parámetros de inversión

Una vez definidos los objetivos, se traducirán a parámetros de inversión. A continuación, se muestran unos ejemplos sencillos:

Mantener nivel de vida. Se enmarcaría en la cartera de preservación nominal. Es un objetivo de corto plazo (12-18 meses), donde prima preservar el valor nominal. No podrá igualar el efecto de la inflación. Se antepone la disponibilidad sobre cualquier cosa.

Financiar proyecto empresarial. Estaría incluido en la cartera de medio plazo (18 meses – 5 años), cuyo objetivo es la preservación real (mantener la capacidad de compra). Es necesario, obtener una rentabilidad igual o superior a la suma de la inflación, costes e impuestos.

Transmisión patrimonial intergeneracional. Estaría incorporado en la cartera de largo plazo, cuyo objetivo es el crecimiento por encima de la inflación, gastos e impuestos, y una rentabilidad adicional. Cubiertas las necesidades de corto y medio plazo, con el patrimonio restante (largo plazo), se podrá asumir mayor volatilidad, esperando obtener una rentabilidad que permita hacer crecer el patrimonio.

Instrumentos para implementar la estrategia

Para el inversor que empieza, la manera más sencilla, es a través de las inversiones financieras. Estas, cotizan en mercados organizados y ofrecen exposición a cualquier empresa del mundo o a emisiones de deuda. Existen unos vehículos, llamados fondos de inversión que facilitan el acceso a las diferentes clases de activo de manera profesional, regulada y costes razonables.

Las principales clases de activo son las siguientes:

Monetarios: su característica esencial es la liquidez, el inversor no obtendrá rentabilidad, pero tendrá disponibilidad.

Renta Fija: son instrumentos de deuda de empresas, gobiernos o países, que dan derecho a percibir un interés.

Renta variable: son participaciones alícuotas del capital social de una empresa.

Existen multitud de fondos de cada clase de activo, pudiendo invertir desde 10 euros, frente a las mayores inversiones necesarias para acceder a inmuebles o empresas. Además, permiten diferir el pago del impuesto, hasta que se decida vender, y ponderando la gestión de riesgos, es más sencillo diversificar, que con la compra directa de acciones y bonos.

La elección de la estrategia final dependerá de los objetivos a cubrir, importes, conocimientos y capacidades del inversor, pero, independientemente de ello, la inversión a través de una política de inversión y gestionando riesgos, no solo evitará ir empobreciéndose con el paso del tiempo, sino que permitirá ir incrementando el patrimonio.

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